Poderes arácnidos

Un día cualquiera, un día de esos en los que, por una pirueta del destino, acabas teniendo el día libre mientras tu pareja, tus amigos, no corren esa suerte. Te paras en una cafetería, te sientas a leer el periódico tranquilamente y piensas, mientras circulan los coches tras el cristal, en el absurdo ajetreo de la vida diaria, la tuya, incluida. Entonces te invade la honda pena de saberte sólo, de sentirte sólo;  de verte encerrado en esta inmensa jaula de hormigon llamada ciudad, de malgastar el tiempo -tu tiempo- en jornadas maratonianas que no te aportan nada.La vida se escapa. Eres consciente. Decides abandonarte a algún pequeño placer mundano con la esperanza de pasar un agradable rato. -un cortado, por favor- Recurres a la memoria buscando tiempos más felices -los que pasaron- y te aterra la idea que eso sea así. Vives así, amilinado, adocenado, como temeroso de verte expuesto a la intemperie, aceptando tu derrota, entregando tu vida a un sistema que te desgarra por dentro. Te remueves de nuevo en la silla de la cafetería. Estás incómodo contigo mismo, con tus pensamientos, poderes arácnidos que te maravillarían enfundados en traje de súper héroe, los únicos que avisan desde las entrañas.

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