Todo está lleno de monstruos

Suena de nuevo el despertador.

Recojo de la mesita de noche los pedazos restantes de mi corazón.

No hay tiempo.

Con los ojos apenas entreabiertos pruebo a reunir las piezas.

¡Vamos! ¡No tengo tiempo para esto! ¡Todas las mañanas lo mismo! ¡qué fastidio!

Bueno, ¡ya está! parece que ya encajan, ya iba siendo hora. ¡Maldito cacharro!

Me despojo del pijama dejando al descubierto mi cuerpo desnudo y ahí está. Una abertura de unos veinte centímetros que deja al descubierto la caja torácica. Asgo el puzle y lo introduzco como puedo por debajo de las costillas flotantes. Noto el interior frío e inerte. Me lleva más de lo esperado volver a conectar las cavas; el resto ha sido fácil.

Extraigo la mano algo manchada de sangre y saco la grapadora médica del tercer cajón; mientras con la mano izquierda sostengo los pliegues de la piel, con la derecha aprieto con fuerza el gatillo. Una y otra vez, una y otra vez. Sí, creo que con diez grapas habrá suficiente.

Ya está, he acabado. Sin embargo, algo pasa, ¡qué demonios! ¡Vamos! ¡late de una vez perezoso! Bueno, como quieras, a ver si después de la ducha estás listo.

El agua cae sobre mi rostro con delicada tibieza, como una caricia inesperada. Las lágrimas brotan límpidas, irrefrenables. No hay otro “yo” que entienda. El tiempo pasa ahí afuera. La mecánica aprendida me transporta a las aceras. Hace frío. Estamos solos. Todo está lleno de monstruos. Un nuevo día comienza: el corazón late.

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